En la India las vacas son sagradas, mientras que aquí un chuletón de ternera no hay quien se lo salte. En otras culturas comen insectos algo que para los occidentales sería algo asqueroso. Son diferentes culturas, diferentes creencias y todas al final decisiones propias del hombre como reza el libro Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas que cuestiona el sistema de creencias que nos impulsa a comer ciertos animales.

Su autora, la psicóloga y socióloga de la Universidad de Massachussetts (Boston; EEUU), Melanie Joy, habla de un nuevo término, el carnismo, lo que ella define como “el sistema de creencias que nos condiciona a comer unos animales determinados”.

Las conclusiones a las que ha llegado esta psicóloga tras su investigación es que “comer animales o no hacerlo es una tema de justicia social”. En la mayor parte del mundo actual las personas no comen carne porque lo necesitan, sino porque deciden hacerlo. Y las decisiones siempre se derivan de las creencias”, asegura Joy. Es decir, no analizamos si está bien o mal, hacemos lo que culturalmente creemos que hay que hacer.

Melanie Joy es vegana, es decir, no consume ningún producto de origen animal (ni alimentos ni ropa), aunque no siempre fue así.

“Como la mayor parte de la gente, me gustaban los animales y no quería que sufrieran aunque yo misma participaba en un sistema que cometía atrocidades y que iba en contra de mis valores. Cuando comía animales dejaba atrás la empatía”, reflexiona.

Durante su investigación, la psicóloga entrevistó a todo tipo de personas: veganos, vegetarianos, carniceros, trabajadores de la industria cárnica… Todos ellos, según afirma, compartían una experiencia parecida sobre la consideración de especies como animales de compañías y otros, aptos para el consumo.

“La mayoría de nosotros creemos que comer carne es natural porque el ser humano caza y consume animales desde hace miles de años (…), pero no necesitamos carne para sobrevivir”, asegura Joy, quien defiende una dieta variada la ingesta de proteínas de origen vegetal para satisfacer las necesidades nutricionales del cuerpo.

En su libro también denuncia las condiciones en las que se encuentran algunos animales destinados para el consumo humano y las adulteraciones que se hace de esos productos.

“La carne suele estar aderezada con hormonas sintéticas, dosis masivas de antibióticos, pesticidas, herbicidas y fungicidas tóxicos”, denuncia.