Duchamp y la obra de arte más influyente del siglo

Cómo un urinario se convirtió en una maravillosa obra de arte

Un día como hoy, hace 132 años, nació Marcel Duchamp, un artista cuya obra influyó notablemente en el dadaísmo y las corrientes artísticas de la época. Y hoy queremos recordar una de sus obras más célebres, y que además fue elegida la más influyente del siglo XX, por más de 500 artistas y estudiosos del arte.

La obra de arte más influyente del siglo, de Duchamp
La obra más import… ok, es un urinario

¿Duchamp, es eso una fuente?

No, no era una fuente en realidad. Era… un urinario. A Duchamp se le ocurrió enviarla en 1917 a la exposición de la Sociedad de Artistas Independientes. Firmó como R. Mutt, aunque hay quien dice que la “obra” se la regaló Elsa von Freytag, una mujer que ya decía que cualquier objeto podía ser arte. Ese es el concepto de Duchamp: ese urinario, por el hecho de elegirlo por encima de los demás objetos, se convertía en un objeto artístico. Arte, nada menos. Como para explicarse los esperpentos que ahora se ven en las galerías de arte moderno. O que los visitantes de los museos se detengan hasta cuando ven un papel que se le cayó a alguien en el pasillo, y se pregunten si es otra obra de la exposición del día.

Duchamp
Foto de Duchamp, el maravilloso embaucador

Pues bien, en ese momento su obra fue rechazada. Llévate tu urinario, le dijeron. Duchamp, que solía reírse de los reveses, lo hizo, pero lentamente se reconoció su “obra” como la primera de arte conceptual. Había fundado una corriente. Revolucionado el arte. Había llevado… un urinario.

Muchos han hallado asociaciones freudianas, sexuales, políticas y filosóficas en esa obra. Otros, en cambio, la ven como el inicio de la gran broma del arte moderno, que nos obliga a creer que el excremento de elefante exhibido es arte por el hecho de ponerle un letrero y una galería. El hecho es que, si Duchamp pretendía provocar, lo logró. Y los ecos de su provocación repican hasta hoy, en aquellos artistas de lo simple que cotizan en millones, como Damien Hirst o Bansky. Y solo por eso, Duchamp se merece un aplauso, aunque lo acompañe un guiño cómplice, una sonrisa sarcástica o un rictus de amargura. ¡Lo hiciste, Marcel!

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