Cuando las ballenas cantaron
En 1952, el ingeniero de sonar estadounidense Frank Watlington espiaba submarinos soviéticos frente a las costas de Bermudas con un hidrófono rudimentario. Entre tanto ruido militar, empezó a captar algo inesperado: sonidos lúgubres que a veces duraban horas. Cuando las ballenas cantaron para Watlington, nadie sabía todavía que se trataba de ballenas jorobadas.
En 1967, Watlington conoció a los biólogos acústicos Katy y Roger Payne, que viajaron a Bermudas a escuchar sus grabaciones. Descubrieron que los sonidos se repetían en patrones largos y predecibles, a veces de hasta media hora, que luego volvían a empezar. «Cuando un animal emite un sonido rítmico que se repite, se dice que está cantando», explicó Roger Payne, fallecido en 2023.

Un disco que cambió todo
En 1970, Katy, Roger y Watlington publicaron «Canciones de la ballena jorobada», con cinco grabaciones elegidas por su belleza. El disco vendió más de 125.000 copias y se convirtió en el álbum de sonidos de la naturaleza más vendido de la historia. Un extracto llegó a 10,5 millones de suscriptores de National Geographic, la mayor tirada individual jamás enviada junto a una grabación.
«Nadie había escuchado nada parecido antes», resume Iain Kerr, director de Ocean Alliance, la organización que fundó Roger Payne. El músico llevó el disco a protestas, conferencias y hasta a artistas como los Beatles y Bob Dylan. En 1977, un fragmento viajó al espacio a bordo del disco de oro de la Voyager 1.

De animal temido a animal querido
Antes del disco, las ballenas solían representarse como monstruos silenciosos o criaturas peligrosas, herencia de historias como «Moby Dick». A principios de los años 70, quedaba menos del 5% de la población de ballenas jorobadas previa a la caza comercial. Cuando las ballenas cantaron para el público general, esa imagen empezó a cambiar.
El disco impulsó el naciente movimiento contra la caza de ballenas, y en 1982 se aprobó una moratoria mundial sobre la caza comercial. Las poblaciones de ballenas jorobadas se recuperaron con fuerza, aunque hoy enfrentan nuevas amenazas: una de cada cuatro especies de ballenas está en peligro de extinción, frente a una de cada siete en 1991.